
Por: José Rafael Gómez Reguera
Las bibliotecas también se comunican con nosotros. No en el sentido recto de hablarnos al oído, sino porque ejercen un influjo tal que son capaces de ponernos en movimiento hacia la tranquilidad y quietud de sus salas. Las públicas recesan en estos tiempos de pandemia, y sus trabajadores dedican espacio a la limpieza, la organización, el mantenimiento de los espacios de cara al futuro, que no se sabe cómo será. Pero quedan nuestros libros en casa, esos eternos compañeros. CUBA ANTE LA COVID-19 (I) (II) (III) (IV) (V) (VI)
Son los libros esos amigos de los momentos de ocio, para aprender y superarnos, o para tratar de superar inquietudes propias tras la aparición de la COVID-19, refugiándonos en poesías, cuentos, novelas, relatos cortos… No importa que ya hayan asado por nosotros en oportunidades anteriores. Siempre podremos saborearlos de nuevo, ahora con más experiencia.

Las bibliotecas muchas veces suelen señalarse, indebidamente, como almacenes de libros. Para quienes hemos traspasado sus salas una y otra vez, la definición no pasa de ser obra del desconocimiento, de esos que desafortunadamente no fueron picados en su momento por el bichito de la lectura, de esas ansias de devorar páginas tras páginas casi sin parar mientras en el tiempo que transcurre.
Y son bibliotecarios y bibliotecarias los personajes que, puertas adentro, ordenan, clasifican, reparan, limpian, siempre con amor desbordado por esos ejemplares, a veces desgastados por el paso del tiempo, pensando en cuántos han disfrutado de sus contenidos y, sobre todo, cuántos vendrán a beber en sus aguas de letras, signos, símbolos e imágenes.

No puede haber bibliotecarios sin vocación verdadera. Es indispensable esa atracción por el libro y sus contenidos para poder darse a los demás, incluso cuando detecten que la persona no sabe qué escoger. Ahí se prueba. Su cultura personal decide. Son parte de nuestros héroes cotidianos en pos del crecimiento de niños, jóvenes y adultos.

