Duele el espacio vacío que dejó Alexander

Por: Joaquín Gómez Serra

Aún hoy, me parece que el sonido del teléfono a las 12.25 de la madrugada se vuelve a escuchar. A esa siempre uno presagia  algo malo. Y vuelvo a rememorar la noticia que nunca, nadie, quiere oír. Gabriel Alexander Álvarez González había partido a la eternidad. Hace tres años se nos fue el padre del baloncesto cubano.

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Esta crónica me resulta bien difícil de escribir porque para los que lo conocimos se fue un amigo, se fue un hermano, se fue ese hombre entrañable, que con su carisma, de ahora en lo adelante dejará un vacío en nuestras canchas del deporte ráfaga.

La gloria se perturbó por el dolor y las lágrimas, y tú Alexander, el hacedor de las campeonas del baloncesto espirituano, no pudiste ni palpar, ni gozar el trofeo, que sólo ganan los grandes.

Ahora, precisamente ahora, que rememoro este último adiós Ale, me pesan las manos y el alma. Las Guerreras del Yayabo y tú tenían un pacto con la vida, con el futuro, y todo, de golpe y porrazo, como una fuerte racha de viento, se esfumó, porque Alexander te nos fuiste para siempre.

Siempre soñé que tu cumpleaños 48, sería un punto de partida en tu vida, porque ese día, en la sala de terapia intensiva del Hospital Clínico Quirúrgico Docente Camilo Cienfuegos, recibiste en tu pecho la medalla de campeón del más creativo de los deportes de conjunto. Qué cosas tiene la vida, escalaste la cima, y no lo puedes disfrutar.

A pesar de ello, aunque sé que no estabas ni estarás, nunca más, se me antoja verte, junto a tus niñas, con la medalla dorada en tu pecho, paseando y festejando por las calles la victoria, algo inédito, algo histórico, que tú Alexander, formaste, creaste e hiciste realidad.

Te veo como figura gigante de ébano en la sala Yara, debajo de los aros, junto a Yamara, Marlene, Eylen o recibiendo un pase de Joanna, levantándote por la zona pintada de tres, y encestando una canasta, de victoria, de fe en la vida. Pero coño, mi hermano, la pancreatitis hemorrágica y el destino no lo quiso así.

Fue difícil verte en ese ataúd de gris, ataviado con esa chaqueta roja, rodeado de esa madera inerte, que te comprime, y que no deja moverte como lo que fuiste, un felino, que nunca se sentó en el banquillo de mando en una cancha de baloncesto, que caminaba, que sudaba, que se levantaba o gardeaba, que defendía una bola, que daba órdenes a tus niñas, que le peleabas, pero que también las mimabas, como ese padre que quiere lo mejor para sus hijas.

La amargura de este adiós definitivo, llega cruel. El desvelo toca mis ojos, y mis párpados se resisten a cerrarse. Duro, bien duro, porque como dice Alberto Cortés en su canción: Cuando un amigo se va Galopando su destino, Empieza el alma a vibrar Porque se llena de frío. Cuando un amigo se va, Se queda un árbol caído, Que ya no vuelve a brotar, Porque el viento lo ha vencido. Cuando un amigo se va, Queda un espacio vacío, Que no lo puede llenar la llegada de otro amigo. Hasta siempre mi hermano.